Hay veces que pintar graffiti en España me parece una cosa absurda. Siendo como somos ricos, casi podría decirse multimillonarios, en patrimonio cultural inmaterial, en tradiciones profundas, bellas y ancestrales, me parece fascinante e increíble a la vez cómo nos desvivimos de niños, y no tan niños, por imitar lo mejor posible en Madrid, Alcorcón u Orihuela una forma de expresión original de los negros y puertorriqueños pobres de Nueva York. Me parece fascinante e increíble igual que me lo parecería si los adolescentes en Brooklyn se obsesionaran con copiar a la perfección el Jarramplas, una fiesta que se celebra por San Sebastián en Piornal, en la que todo el pueblo lanza nabos a un vecino disfrazado con un traje hecho con cintas de colores, o si en el Bronx les diera por esmerarse en construir una réplica de la iglesia de Cazalilla para poder lanzar luego una pava desde su campanario cada 3 de febrero. Pero si las expresiones folclóricas pierden su sentido fuera de su tiempo y lugar, ¿por qué el graffiti se extendió como un virus?
Mi infección particular es algo que me ha llevado tiempo entender. Ahora que me empiezo a acercar a algo parecido a la madurez, tengo por fin claro que el graffiti entró en mi vida por la puerta que dejó abierta mi familia al descomponerse, y que la carencia de un hogar unido y estable, la falta de liderazgo y protección en la infancia y adolescencia, dejaron en mí un vacío acrecentado más tarde por la ausencia del sentido y la identidad que proporcionan las comunidades antiguas, el desasosiego de ser un número invisible dentro de la masa de la gran ciudad, el sometimiento desde niño al bombardeo visual de la publicidad capitalista y la traición de un sistema educativo incompetente. Visto ahora en conjunto, el mundo moderno y globalizado me ha hecho tener más cosas en común con los pobres de los arrabales neoyorquinos que con un agricultor manchego, así que llenar ese vacío robando pintura para dibujar compulsivamente mi anuncio en la calle diciendo “existo, necesito vuestra atención y voy a conseguirlo como sea”, que es lo que mi firma quería decir, en realidad está muy lejos de ser un absurdo.
De entre todos los lugares en una gran ciudad, no hay otro que sintetice mejor la locura de la vida moderna que su red de metro. Lejos de la luz del sol, envueltos en plástico y metal, en las antípodas de la naturaleza, viajamos al trabajo, a ver a un familiar o a intentar encontrar algo de paz, encerrados y apretados unos pobres contra otros, atomizados primero, disueltos en la biomasa después. Y es lógico que para nosotros, los huérfanos del mundo global, sus túneles hayan sido la zona cero de nuestro folclore, la cueva de Altamira en donde empezar a buscar las raíces.
Texto originalmente publicado en el libro de Tunnel Rats de Buny KR2

Foto: Jaime Alekos 2008