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Gato encerrado

Cuando tenía cuatro años tuve una visión en Forest Park, Saint Louis. Mi hermano iba delante de mí con un fusil de caza. Yo me había quedado rezagado y vi un pequeño ciervo verde más o menos del tamaño de un gato. Con claridad y precisión a la luz del sol de última hora de la tarde como si lo estuviera viendo a través de un telescopio.
Más tarde, cuando estudié antropología en Harvard, aprendí que se trataba del avistamiento de un tótem animal y supe que nunca podría matar un ciervo. Más tarde aún, en el transcurso de unos experimentos filmicos con Anthony Balch en Londres, reconocí la extraña sustancia utilizada para la conservación de especímenes animales en la que flota el ciervo verde como sujeto de experimentación (en comparación) inmóvil proyectado a cámara lenta. Trucos de viejo fotógrafo.

WILLIAM BURROUGHS, Gato encerrado

Traficar con hierba

En la práctica, traficar con hierba sólo trae quebraderos de cabeza. Para empezar, ocupa mucho sitio. Se necesita una maleta llena para conseguir algo de dinero. Si la pasma llama a la puerta, es lo mismo que tener una bala de alfalfa.
Los fumetas no son como los yonquis. Un yonqui suelta el dinero, coge la droga y se las pira. Pero los fumetas no. Esperan que el camello los invite a unos canutos y a sentarse para charlar un rato. Y tienes que aguantar todo eso para vender dos dólares. Si vas directamente al grano, dicen que los deprimes porque haces que se sientan miserables. De hecho, un tipo que trapichea con hierba nunca debe reconocer que lo hace por negocio. No, él sólo facilita un poco de hierba a algunos amigos y amigas, una travesura. Todo el mundo sabe que es un camello, pero está mal decirlo. Dios sabe por qué. A mi juicio, los fumetas son inescrutables.

(…)

Los fumetas son gregarios, sensibles y paranoicos. Si consideran que haces que se sientan miserables, no lograrás hacer negocios con ellos. Pronto me di cuenta de que no podía trtatar con gente así y me alegré de encontrar a un tipo que me compró toda la hierba que me quedaba a precio de coste. A partir de entonces decidí no traficar nunca más con ella.

Yonqui, de William Burroughs