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Sensibilidad gatuna y sensibilidad humana al sonido

Me he encontrado con este video genial de un gato hipersensible al sonido de un metrónomo y no he podido evitar conectarlo con esta parte del PIHKAL (p. 267), correspondientea la transcripción de un viaje con mescalina del grupo de ensayo de Sasha Shulgin.

Sometime during the next hour, Shura got up, flashed a smile at me, and quietly left the room. A moment later, the music was turned off. He returned and tiptoed back to his piano bench.
I was looking through a book of fairy stories with illustrations by the great enchanter, Arthur Rackham, and everyone around me had been silent for a long time, absorbed in their various interior worlds, when suddenly the room was jarred by a single, forceful note struck on the piano. On the pad, John’s body jerked in shock. He yelled, “Owww!” and sat straight up, then turned around to glare at Shura, who was grinning broadly behind him, the guilty finger still on the key.
John sputtered, “What do you think you’re doing?” in such outrage that the rest of us, who had also benn jolted by the unexpected hammer-blow of sound, dissolved in laughter. Shura lifted his eyebrows and struck another note, equally loud, watching us intently. John jumped again, as if kicked in the spine. This time, he managed a weak smile as he protested, “Don’t DO that, I beg you!”.
A third ringing note pulsed through all of us, and we watched John, empathizing with him as he huddled in his blanket, now laughing helplessly at his own vulnerability, crying, “Stop, stop, stop, Shura! No more, please!”
“Remarkable, isn’t it,” observed Shura, smiling with satisfaction, “How exquisetly sensitive the nervous system can become, under the influence.”

La mescalina y el otro mundo

Las experiencias con mescalina del tipo clásico muestran algunas características muy marcadas. La más extraordinaria de esas características comunes es la experiencia de la luz. Hay una gran intensificación de la luz, lo que se experimenta tanto a ojos cerrados como con los ojos abiertos. La luz se manifiesta con una intensidad sobrenatural en todo lo que se ve con el ojo interior. Sucede lo mismo en el mundo externo.

(…)

Repito que las experiencias de los que han tomado un alucinógeno encontrándose en buenas condiciones de salud física y mental, y acaso con una adecuada preparación filosófica, parecen seguir un modelo bastante regular. Cuando los ojos están cerrados, la experiencia visionaria tiene su comienzo con la aparición de geometrías vivas, en movimiento dentro del campo visual.
Esas formas abstractas, tridimensionales, están intensamente iluminadas y brillantemente coloreadas. Pasado un tiempo tienden a asumir la apariencia de objetos concretos, como alfombras exquisitamente trabajadas, mosaicos o esculturas. A su vez esos objetos se modelan en construcciones ricas y elaboradas, en paisajes de extraordinaria belleza. Ni las construcciones ni los paisajes permanecen estáticos, sino que se modifican constantemente. En ninguna de sus metamorfosis se parecen a un edificio particular o a un paisaje concreto, que haya sido visto por el sujeto en su estado de consciencia ordinario y por lo tanto sea traído a la memoria desde un pasado próximo o lejano. Todas esas cosas son nuevas. El sujeto no las recuerda ni las inventa, las descubre más allá, en el equivalente psíquico de una región geográfica hasta ahora inexplorada.

ALDOUS HUXLEY, La mescalina y el otro mundo. Recopilado en el libro La experiencia del éxtasis 1955-1963, Pioneros del amanecer psiconáutico

Huxley: Mescalina, espacio y tiempo

[Aldous Huxley, en una sesión con 400mg de mescalina]

-¿Qué me dice de las relaciones espaciales? -indagó el investigador, mientras yo miraba los libros.

Era difícil la contestación. Verdad era que la perspectiva parecía rara y que se hubiera dicho que las paredes de la habitación no se encontraban ya en ángulos rectos. Pero esto no era lo importante. Lo verdaderamente importante era que las relaciones espaciales habían dejado de importar mucho y que mi mente estaba percibiendo el mundo en términos que no eran los de las categorías espaciales. En tiempos ordinarios, el ojo se dedica a problemas como ¿Dónde?, ¿A Qué distancia?, ¿Cuál es la situación respecto de tal o cual cosa? En la experiencia de la mescalina, las preguntas implícitas a las que el ojo responde son de otro orden. El lugar y la distancia dejan de tener mucho interés. La mente obtiene su percepción en función de la intensidad de existencia, de profundidad de significado, de relaciones dentro de un sistema. Veía los libros, pero no estaba interesado en las posiciones que ocupaban en el espacio. Lo que advertía, lo que se grababa en mi mente, era que todos ellos brillaban con una luz viva y que la gloria era en algunos de ellos más manifiesta que en otros. En relación con esto la posición y las tres dimensiones quedaban al margen. Ello no significaba, desde luego, la abolición de la categoría del espacio. Cuando me levanté y caminé, pude hacerlo con absoluta normalidad, sin equivocarme en cuanto al paradero de los objetos. El espacio seguía allí. Pero había perdido su predominio. La mente se interesaba primordialmente no en las medidas y las colocaciones, sino en el ser y el significado.
Y junto a la indiferencia por el espacio, había una indiferencia igualmente completa por el tiempo.
-Se diría que hay tiempo de sobra. -Era todo lo que contestaba cuando el investigador me pedía que le dijera lo que yo sentía acerca del tiempo.
Había mucho tiempo, pero no importaba saber exactamente cuánto. Hubiera podido, desde luego, recurrir a mi reloj, pero mi reloj, ya lo sabía, estaba en otro universo. Mi experiencia real había sido, y era todavía, la de una duración indefinida o, alternativamente, la de un perpetuo presente formado por un apocalípsis en continuo cambio.

De Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley