Matthieu Ricard: ¿Y qué esperamos cuando educamos a los niños? Convertirlos en seres humanos buenos, personas que sean felices en la vida, que no estén deprimidas y se suiciden. ¿Acaso basta con desarrollar su inteligencia y llenarles la cabeza de información sin desarrollar ninguna cualidad humana? Queremos personas buenas y equilibradas, pero la educación parece estar interesada en cualquier cosa salvo eso. Por tanto, hay algo que claramente falta.
Eduard Punset: ¿Lo que está sugiriendo es que probablemente no deberíamos preocuparnos tanto de los contenidos académicos y si un poco más de las cualidades humanas necesarias para ser felices?
Matthieu Ricard: Por supuesto. Sólamente estamos cultivando herramientas. La inteligencia es una herramienta, la información es una herramienta, y una herramienta se puede utilizar de un modo constructivo, de un modo destructivo, o se puede desaprovechar. Se puede utilizar un martillo para construir una casa, para destruirla, o bien se puede desperdiciar el martillo dejándolo en un cajón y no utilizándolo nunca. Así que una herramienta por si misma, sin una intención, sin una actitud, sin un valor, no es absolutamente nada.
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Matthieu Ricard en Redes: La ciencia de la compasión
El monje y el filósofo
Matthieu Ricard: Por entonces no tenía la menor idea del budismo, pero el mero hecho de ver a esos sabios, aunque sólo fuera a través de lo que una película permite entrever, me hacía presentir una perfección profundamente inspiradora. Era, por contraste, una fuente de esperanza. En el medio en que crecí, conocí gracias a ti a filósofos, pensadores y gente de teatro; gracias a mi madre, Yahne Le Toumelin, pintora, conocí a una serie de artistas y poetas… André Breton, Maurice Béjart, Pierre Soulages; gracias a mi tío, Jaques-Yves Le Toumelin, a exploradores célebres; gracias a François Jacob, a grandes sabios que venían a dar conferencias en el Instituto Pasteur. He tenido, pues, oportunidad de estar en contacto con personajes fascinantes en muchos aspectos. Pero, al mismo tiempo, el genio que manifestaban en su disciplina no iba necesariamente acompañado de, digamos… una perfección humana. Su talento, sus capacidades intelectuales y artísticas no hacían de ellos buenos seres humanos. Un gran poeta puede ser un ladrón; un sabio, alguien infeliz consigo mismo; un artista, un ser lleno de orgullo. Todas las combinaciones, buenas o malas, eran posibles.
Jean-François Revel: Recuerdo además que, por entonces, también te apasionaban la música, la astronomía, la fotografía y la ornitología. A los veintidós años escribiste un libro sobre las migraciones animales, y hubo un periodo entero de tu vida en el que te consagraste intensamente a la música.
Matthieu Ricard: Si…, conocí a Igor Stravinsky y a otros grandes músicos. Tuve, pues, la suerte de estar al lado de muchos de quienes suscitan la admiración de Occidente y poder hacerme una idea, preguntarme: «¿Son estas mis aspiraciones? ¿Quiero realmente llegar a ser como ellos?» En el fondo tenía cierta sensación de insatisfacción, pues pese a mi admiración, no podía dejar de comprobar que el genio manifestado por esas personas en ámbito particular no iba acompañado por las perfecciones humanas más simples como el altruismo, la bondad o la sinceridad. En cambio, aquellas películas y fotografías me hicieron descubrir algo más que me acercó a los maestros tibetanos; su manera de existir parecía ser el reflejo de lo que enseñaban. Y así me lancé, pues, a descubrir…
Extraido de El monje y el filósofo, de Matthieu Ricard y Jean-François Revel
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