Vivir en el centro equivale a hiperestimulación. A través de la ventana que tengo que dejar abierta en verano para que corra el aire, sin solicitarlo ni poderlo impedir estoy interconectado con un montón de gente en movimiento y sus actividades, a todas horas. De día son las oficinas, los camiones de reparto para hostelería, sirenas, gente de compras, menú del día en el bar, furgonetas reponiendo toallas y sábanas de los hoteles, agentes de movilidad, controles policiales, los turistas en esa especie de híbrido entre moto con sidecar y coche de juguete con su guía en audio de la ciudad y el GPS a un volumen atronador. De noche es sobre todo la fiesta, gente de un garito a otro, sirenas, gente buscando otro garito, gente buscando un taxi, más sirenas, gente que se desahoga, gente de camino al metro cuando por fin abre, más controles policiales, gente que canta, gente que llora, alguna pelea. Coches con la música a todo volumen, para eso da absolutamente igual la hora que sea.
Eventos. El año pasado fué el mundial, fiesta, vuvuzuelas y gritos y más gritos toda la noche en cuartos, semifinal, no te digo ya el día de la final, petardazos y descontrol. Al día siguiente encontré un petardo en mi balcón que no había llegado a estallar. Manifestaciones o los gritos de enfado de la multitud. Rabia, gritos, pitos, bocinazos, megáfonos. Indignados. El helicóptero de la policía por la noche, esto parece Los Ángeles. Fiestas de Chueca, o cómo de repente verte metido en una rave a las ocho de la tarde. No tengo que salir de casa para estar en la fiesta. Ahora está terminando la JMJ. Han sido cinco días de cánticos y procesiones con tambores y trompetas, el viernes hasta las tres de la noche, desde aquí sonaba muy épico. Mareas humanas. Y otra vez el helicóptero por las noches.
¿Y los olores? El vado de carga justo debajo de la ventana, algunas mañanas entre sueños, por el vado de carga y descarga y los camiones que no apagan el motor, no tengo claro si estoy en mi cama o esperando un autobús en las dársenas del intercambiador de Avenida de América. A veces es divertido estar delante del ordenador y por dos segundos oler el perfume de alguien que pasa. Y no se que pasa con la campana de extracción del restaurante, porque a veces huele a alioli, a veces a churrasco; hoy olía a arroz. Ahora, el camión de limpieza del ayuntamiento, el modelo que pasa todos las madrugadas rebasando la barrera de los 75db con su manguera a presión, ha incorporado una buena proporción de desinfectante a su depósito. Son las 7am y huele toda la habitación a jabón.
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