Establecer una clasificación de un tipo de sustancias tan amplio y heterogéneo basándose en sus efectos es tarea complicada, sobre todo porque, aunque solemos referirnos a una droga mencionando sus propiedades tranquilizantes o estimulantes, la realidad es que muchas de ellas se caracterizan, no por tranquilizar o estimular, sino por estabilizar el ánimo. Si el consumidor, antes de su administración, se sentía deprimido, la droga le lleva al equilibrio estimulándole; si por el contrario padece de ansiedad o nerviosismo, el mismo producto le equilibrará tranquilizándole.
Ese querer clasificar algo como estimulante o tranquilizante, como bueno o malo, como blanco o negro, es sólo una muestra más del maniqueísmo de nuestra cultura, y no es aplicable a la materia que nos ocupa, como tampoco a muchas situaciones de la vida cotidiana. La división tranquilizante/estimulante es artificial y responde a un intento de categorizar y atrapar estados neurológicos/psíquicos -vitales, en suma- mediante términos médicos o lingüísticos. La naturaleza, el mundo y la vida son más grandes que nuestros cerebros, los cuales son parte de aquéllos, y no al revés. La realidad estaba ahí mucho antes de que hubiera seres humanos en la Tierra, y el intento de aprehenderla y explicarla es algo comprensible y quizá necesario, pero una ilusión en el fondo, si bien es cierto que permite avanzar a la ciencia y al conocimiento en general.
Lo que en realidad existen son desequilibrios, que conllevan una serie muy amplia de síntomas, los cuales, aunque sean opuestos, son caras de la misma moneda y efectos que surgen de una misma causa. Lo mismo puede decirse de la sustancia que se toma para solucionar el mal: de lo que se trata es de estabilizar el ánimo, hacer que el paciente produzca la cantidad de neurotransmisores adecuada, regular sus funciones, y esa estabilización puede ser considerada -en términos médicos y lingüísticos- activación o apaciguamiento, dependiendo de los síntomas que se padecían. Por ejemplo, el hipérico deficílmente podrá catalogarse como tranquilizante o como estimulante: su efecto consiste en reducir la degradación de neurotransmisores. Si la persona que lo toma estaba deprimida, entonces con su uso se sentirá con más ánimo; si quien lo toma se encontraba ansioso, conseguirá tranquilizarse.
JUAN CARLOS RUIZ FRANCO, de la introducción al Vademécum de Drogas Inteligentes (del libro Drogas Inteligentes, ed. Paidotribo).
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