Una vida sin apego
Algunas personas pueden creer que sin apego la vida pierde su jugo. Estamos tan acostumbrados a los altibajos, preocupaciones, nervios y ansiedades, que tememos que si éstos desaparecen, también lo hagan el amor, el cuidado, el goce y las pasiones que experimentamos. Desde este punto de vista, la vida desprovista de las emociones conflictivas que se agitan y arremolinan puede parecernos algo extraña. Pero el aburrimiento que tememos es meramente un estado de deseos insatisfechos, la otra cara de la excitación y la diversión que buscamos habitualmente. Seguimos rigiéndonos completamente por la dinámica del apego, consistente en obtener o no obtener, poseer o no poseer, conservar o no conservar, aumentar o no aumentar. Pero, ¿existe verdadero goce en esto?
Imaginad que no ansiáis absolutamente nada de este mundo. Imaginad que cortáis los hilos invisibles que os atan tan dolorosamente: ¿A qué se parecería esto? Imaginad las libertades resultantes de distrutar las cosas sin tener que adquirirlas, tenerlas, poseerlas. Intentad tomar en consideración una relación basada en la aceptación y el cuidado genuinos, en vez de las expectativas. Imaginad que os sentís completamente satisfechos y contentos con vuestras vidas tal y como son. ¿Quién no lo desearía? Este es el disfrute de la ausencia de apego.
La semilla del contento
El mundo fenoménico es mucho más fascinante y sustancioso cuando dejamos de aferrarnos… desear… ansiar. Esto se debe a que la mente está presente, con los sentidos abiertos de par en par; y a que la mente conceptual está relajada. Cuando nos desprendemos de la desesperación al estilo «no puedo vivir sin ello», creamos un espacio enorme en nuestras mente. Y cuando descrubrimos la riqueza y el contento en su interior, encontramos la respuesta a la pregunta que llevamos haciéndonos toda la vida: «¿Dónde puedo encontrar la satisfacción y el contento?»
Se cuenta la historia de un mendigo que experimentó la libertad a partir de su propia desesperación. Vivió en la India al mismo tiempo que lo hizo Buda, quien se cruzó con él en la calle y advirtió que había renacido ya quinientas veces en un estado de pobreza. Buda le dijo a este hombre que le daría una bolsa de monedas de oro si era capaz de decir «No la quiero, no la necesito». Fue extremadamente arduo. Esta fue la bondadosa estratagema empleada por Buda para que el mendigo cultivara la semilla del contento y el positivismo en su propia mente.
Siempre he encontrado esta historia especialmente conmovedora, así que un año que fui a la India para hacer ofrendas, decidí ponerla en práctica. Tenía una bolsa con monedas y me crucé con un mendigo en Bodhgaya, exactamente igual que en la historia. Le dije que le daría una bolsa con monedas, tan sólo con que repitiera tres veces: «No la quiero, no la necesito». Fue doloroso ver el conflicto que esto le creó y lo incapaz de responder que era. Al cabo de un rato, algunos niños indios se arremolinaron a nuestro alrededor y los encargados salieron de sus tiendas. Conocía a la mayoría de ellos, confiaban en mí y empezaron a animar al hombre. Pronto empezaron a corear: «¡Simplemente dilo! ¡Simplemente dilo!» All final, en un momento dado, lo hizo. Y cada vez que repetía las palabras, podía ver cómo toda su presencia y porte pasaban de un estado de empobrecimiento a uno de reconocimiento; el reconocimiento de su fuerza interior y riqueza, o mérito, que parecía emerger desde lo más profundo de su ser. Finalmente, aceptó las monedas de una manera digna y noble.
de La luz que nos alcanza, de Dzigar Kongtrul Rinpoche
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