Tag Archives: Aldous Huxley

La mescalina y el otro mundo

Las experiencias con mescalina del tipo clásico muestran algunas características muy marcadas. La más extraordinaria de esas características comunes es la experiencia de la luz. Hay una gran intensificación de la luz, lo que se experimenta tanto a ojos cerrados como con los ojos abiertos. La luz se manifiesta con una intensidad sobrenatural en todo lo que se ve con el ojo interior. Sucede lo mismo en el mundo externo.

(…)

Repito que las experiencias de los que han tomado un alucinógeno encontrándose en buenas condiciones de salud física y mental, y acaso con una adecuada preparación filosófica, parecen seguir un modelo bastante regular. Cuando los ojos están cerrados, la experiencia visionaria tiene su comienzo con la aparición de geometrías vivas, en movimiento dentro del campo visual.
Esas formas abstractas, tridimensionales, están intensamente iluminadas y brillantemente coloreadas. Pasado un tiempo tienden a asumir la apariencia de objetos concretos, como alfombras exquisitamente trabajadas, mosaicos o esculturas. A su vez esos objetos se modelan en construcciones ricas y elaboradas, en paisajes de extraordinaria belleza. Ni las construcciones ni los paisajes permanecen estáticos, sino que se modifican constantemente. En ninguna de sus metamorfosis se parecen a un edificio particular o a un paisaje concreto, que haya sido visto por el sujeto en su estado de consciencia ordinario y por lo tanto sea traído a la memoria desde un pasado próximo o lejano. Todas esas cosas son nuevas. El sujeto no las recuerda ni las inventa, las descubre más allá, en el equivalente psíquico de una región geográfica hasta ahora inexplorada.

ALDOUS HUXLEY, La mescalina y el otro mundo. Recopilado en el libro La experiencia del éxtasis 1955-1963, Pioneros del amanecer psiconáutico

Huxley: Mescalina, espacio y tiempo

[Aldous Huxley, en una sesión con 400mg de mescalina]

-¿Qué me dice de las relaciones espaciales? -indagó el investigador, mientras yo miraba los libros.

Era difícil la contestación. Verdad era que la perspectiva parecía rara y que se hubiera dicho que las paredes de la habitación no se encontraban ya en ángulos rectos. Pero esto no era lo importante. Lo verdaderamente importante era que las relaciones espaciales habían dejado de importar mucho y que mi mente estaba percibiendo el mundo en términos que no eran los de las categorías espaciales. En tiempos ordinarios, el ojo se dedica a problemas como ¿Dónde?, ¿A Qué distancia?, ¿Cuál es la situación respecto de tal o cual cosa? En la experiencia de la mescalina, las preguntas implícitas a las que el ojo responde son de otro orden. El lugar y la distancia dejan de tener mucho interés. La mente obtiene su percepción en función de la intensidad de existencia, de profundidad de significado, de relaciones dentro de un sistema. Veía los libros, pero no estaba interesado en las posiciones que ocupaban en el espacio. Lo que advertía, lo que se grababa en mi mente, era que todos ellos brillaban con una luz viva y que la gloria era en algunos de ellos más manifiesta que en otros. En relación con esto la posición y las tres dimensiones quedaban al margen. Ello no significaba, desde luego, la abolición de la categoría del espacio. Cuando me levanté y caminé, pude hacerlo con absoluta normalidad, sin equivocarme en cuanto al paradero de los objetos. El espacio seguía allí. Pero había perdido su predominio. La mente se interesaba primordialmente no en las medidas y las colocaciones, sino en el ser y el significado.
Y junto a la indiferencia por el espacio, había una indiferencia igualmente completa por el tiempo.
-Se diría que hay tiempo de sobra. -Era todo lo que contestaba cuando el investigador me pedía que le dijera lo que yo sentía acerca del tiempo.
Había mucho tiempo, pero no importaba saber exactamente cuánto. Hubiera podido, desde luego, recurrir a mi reloj, pero mi reloj, ya lo sabía, estaba en otro universo. Mi experiencia real había sido, y era todavía, la de una duración indefinida o, alternativamente, la de un perpetuo presente formado por un apocalípsis en continuo cambio.

De Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley

Huxley sobre las multitudes

De la trascendencia-de-sí por medios químicos pasamos ahora a la trascendencia-de-sí por medios sociales. El individuo toma contacto directo con la sociedad de dos maneras: como miembro de un grupo familiar, profesional o religioso, o como miembro de una multitud. El grupo tiene un fin y está estructurado; la multitud es caótica, no sirve a un fin específico y es capaz de todo menos de la acción inteligente. Utilizando una analogía que no es demasiado engañosa, podemos decir que el primero es un órgano del cuerpo político, y que la segunda es una especie de tumor, generalmente benigno, pero a veces maligno en grado sumo. La mayoría de las personas pasan la mayor parte de su vida en grupos. La participación en actividades multitudinarias es un hecho relativamente raro. De lo cual debemos felicitarnos, porque los individuos inmersos en la multitud son diferentes de, y en todo sentido peores que, los individuos aislados o integrados en grupos dotados de fines y organizados. En la multitud, el hombre pierde su identidad personal, y ésta es precisamente la razón por la cual le gusta incorporarse a aquélla. La identidad personal es lo que anhela trascender, lo que desea rehuir. Por desgracia, los miembros de la multitud pierden algo más que su identidad personal: también pierden su raciocinio y su discernimiento moral. Su “sugestionabilidad” aumenta hasta el punto en que dejan de tener su propio juicio o voluntad. Se tornan muy excitables, pierden todo sentido de la responsabilidad individual o colectiva, están sujetos a accesos súbitos y violentos de cólera, entusiasmo y pánico, y se transforman en seres capaces de perpetrar los actos violentos más monstruosos y completamente insensatos…; casi siempre contra los demás, pero a veces contra ellos mismos. En una palabra, un hombre inmerso en una multitud se comporta como si hubiera ingerido una fuerte dosis de alguna substancia muy embriagante. Es una víctima de lo que podríamos denominar el envenenamiento del rebaño. El veneno del rebaño es, como el alcohol, una droga activa, extrovertida. Cambia la naturaleza de la conciencia individual en dirección al frenesí, y facilita un alto grado de trascendencia-de-sí en sentido descendente. El individuo intoxicado por la multitud se evade de su personalidad aislada para refugiarse en una especie de insensatez subhumana.

[...]

A las víctimas del envenenamiento del rebaño sólo les interesa, como a los alcohólicos o los adictos a la morfina, descargar la trascendencia-de-sí aquí y ahora. Su lema es: “Después de mí, el diluvio”. Y por cierto, el diluvio llega puntualmente.

Extraído del ensayo “La historia de la tensión” (1956) [recopilado en el libro Moksha], de Aldous Huxley