Las experiencias con mescalina del tipo clásico muestran algunas características muy marcadas. La más extraordinaria de esas características comunes es la experiencia de la luz. Hay una gran intensificación de la luz, lo que se experimenta tanto a ojos cerrados como con los ojos abiertos. La luz se manifiesta con una intensidad sobrenatural en todo lo que se ve con el ojo interior. Sucede lo mismo en el mundo externo.
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Repito que las experiencias de los que han tomado un alucinógeno encontrándose en buenas condiciones de salud física y mental, y acaso con una adecuada preparación filosófica, parecen seguir un modelo bastante regular. Cuando los ojos están cerrados, la experiencia visionaria tiene su comienzo con la aparición de geometrías vivas, en movimiento dentro del campo visual.
Esas formas abstractas, tridimensionales, están intensamente iluminadas y brillantemente coloreadas. Pasado un tiempo tienden a asumir la apariencia de objetos concretos, como alfombras exquisitamente trabajadas, mosaicos o esculturas. A su vez esos objetos se modelan en construcciones ricas y elaboradas, en paisajes de extraordinaria belleza. Ni las construcciones ni los paisajes permanecen estáticos, sino que se modifican constantemente. En ninguna de sus metamorfosis se parecen a un edificio particular o a un paisaje concreto, que haya sido visto por el sujeto en su estado de consciencia ordinario y por lo tanto sea traído a la memoria desde un pasado próximo o lejano. Todas esas cosas son nuevas. El sujeto no las recuerda ni las inventa, las descubre más allá, en el equivalente psíquico de una región geográfica hasta ahora inexplorada.
ALDOUS HUXLEY, La mescalina y el otro mundo. Recopilado en el libro La experiencia del éxtasis 1955-1963, Pioneros del amanecer psiconáutico
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