Category Archives: Psicoactivos

Jonathan Ott y los enteógenos

De todos modos, vale la pena apuntar que hay una profunda diferencia entre tener experiencias espirituales y alcanzar la vida espiritual. Aunque un enteógeno pueda permitirle a uno echar un vistazo rápido a la tierra prometida, por así decirlo, la vida espiritual a la que se cabe aspirar continúa tan distante de la realidad cotidiana como siempre; sigue requiriendo disciplina, sacrificio y sometimiento de la mente caprichosa y el ego despótico. (…) Los enteógenos pueden proporcionar una revelación más o menos fácil y comparativamente rápida, de lo que podría ser la iluminación, y servir, por tanto, como estímulo o incentivo para buscarla o perseguirla; pero quien los considere un atajo en el terreno espiritual es un iluso, o está mal informado.

Jonathan Ott en “Pharmacophilia, o los paraísos naturales” (vía Mierda Paradójika)

Sensibilidad gatuna y sensibilidad humana al sonido

Me he encontrado con este video genial de un gato hipersensible al sonido de un metrónomo y no he podido evitar conectarlo con esta parte del PIHKAL (p. 267), correspondientea la transcripción de un viaje con mescalina del grupo de ensayo de Sasha Shulgin.

Sometime during the next hour, Shura got up, flashed a smile at me, and quietly left the room. A moment later, the music was turned off. He returned and tiptoed back to his piano bench.
I was looking through a book of fairy stories with illustrations by the great enchanter, Arthur Rackham, and everyone around me had been silent for a long time, absorbed in their various interior worlds, when suddenly the room was jarred by a single, forceful note struck on the piano. On the pad, John’s body jerked in shock. He yelled, “Owww!” and sat straight up, then turned around to glare at Shura, who was grinning broadly behind him, the guilty finger still on the key.
John sputtered, “What do you think you’re doing?” in such outrage that the rest of us, who had also benn jolted by the unexpected hammer-blow of sound, dissolved in laughter. Shura lifted his eyebrows and struck another note, equally loud, watching us intently. John jumped again, as if kicked in the spine. This time, he managed a weak smile as he protested, “Don’t DO that, I beg you!”.
A third ringing note pulsed through all of us, and we watched John, empathizing with him as he huddled in his blanket, now laughing helplessly at his own vulnerability, crying, “Stop, stop, stop, Shura! No more, please!”
“Remarkable, isn’t it,” observed Shura, smiling with satisfaction, “How exquisetly sensitive the nervous system can become, under the influence.”

Albert Hoffman a los jóvenes

(de una entrevista realizada por Josep Mª Fericgla en 1997)

J.Mª F.: Dada la enormidad de tus experiencias personales y del importante papel que has jugado en la cultura actual ¿qué recomendarías a los jóvenes, en general?

A.H.: En el prólogo de mi libro sobre la LSD describí una visión de una experiencia que tuve siendo niño y que se repitió bajo los efectos de la LSD. Esto significa que podemos tener experiencias visionarias espontáneas, son naturales. La posibilidad está en el interior del ser humano aunque estas substancias ayuden a provocarlo. Por eso, al principio me sorprendió que uno pueda provocarse estas experiencias con substancias químicas. Pero yo les diría a los jóvenes: intentad abrir los ojos, intentad mirar ¡sólo mirar!. Hay quien dice que es peligroso, pero es porque miran y piensan con palabras. Y lo importante es ver sin pensar, para poder pensar después ¡Ver y pensar! no se pueden hacer ambas cosas a la vez. En la entrada a una vieja ciudad suiza está escrito: Abra los ojos, significa que intentes ver lo que es de verdad y no pienses en que esto es el cielo, o un árbol o una nube. No. Mira el árbol sin pensar. Mira todas las cosas vivas que no están hechas por el ser humano. Sólo míralas, eso es lo que digo a la gente joven. Después, y si uno quiere por supuesto, puede provocarse las imágenes con la ayuda de substancias, pero antes hay que mirar. Tuve una discusión con Leary porque daba enteógenos a los jóvenes y yo les decía que antes de intentar ver más, simplemente tenían que ver. No hay que trastornarlos con demasiados pensamientos. Es importante que los jóvenes salgan a los bosques, a la Naturaleza… ¡y miren! Eso es lo que deberíamos enseñar en las escuelas, además de pensar y nombrar. Uno termina pensando en los nombres de las cosas y no en las cosas de verdad.

Benzodiacepinas

Las benzodiacepinas tranquilizan, y ésta es una de sus principales indicaciones, pero no son recomendables por sus efectos adversos. En lo que respecta a lo cognitivo, sus propiedades anticolinérgicas pueden producir una progresiva dificultad para recordar. Sus fabricantes y defensores afirman que tranquilizan sin causar trastornos del estado de ánimo ni de las facultades intelectuales, algo a todas luces falso. Es cierto que sus efectos secundarios son menores que los de otros tranquilizantes, pero aturden, embotan el cerebro y dificultan el habla y la capacidad de coordinación, entre otros problemas.
Las personas poco acostumbradas experimentan al tomarlas una paz mental y corporal desconocida, y sobre todo un sentimiento de indiferencia ante lo que la rodea. Personalmente, las primeras veces que las usé noté que todo me daba igual, que habían desaparecido mi ansiedad y preocupaciones cotidianas, dentro de un estado similar a la ataraxia, la ausencia de dolor en el cuerpo y de perturbación en la mente preconizada por los filósofos epicúreos, o a lo que sentían los personajes del Mundo feliz de Aldous Huxley tras tomar el soma, la píldora que les permitía evadirse.
Las benzodiacepinas son drogas de apaciguamiento, evasión y conformidad. Apaciguan porque destruyen la ansiedad. Permiten al sujeto evadirse porque bloquean los pensamientos que le quitan la paz y el sueño. Crean conformidad porque el usuario siente que todo le da igual, que el mundo y sus problemas no le afectan, y por eso no va a gastar ni un segundo en preocuparse por ellos. Si a esto unimos su bajo coste, no es extraño que sean tan frecuentemente prescritas en las consultas médicas y tan bien aceptadas por todos.
Deberían utilizarse sólo durante cortos períodos de tiempo y cuando resulten totalmente necesarias, o nos arriesgaremos a perder gran parte de nuestra sensibilidad emocional, de nuestras facultades perceptivas e intelectuales, a dañar nusetro hígado y a tener dependencia de por vida -sólo superable tras mucho esfuerzo y semanas de sufrimiento, debido a la crisis de abstinencia-. Si alguien piensa usarlas para un examen o prueba creyendo que va a lograr estar más tranquilo y relajado, comete un grave error, porque sus capacidades esetarán claramente mermadas, lo cuál le llevará a rendir por debajo de lo normal.

JUAN CARLOS RUIZ FRANCO, Drogas Inteligentes

Tranquilizantes y estimulantes

Establecer una clasificación de un tipo de sustancias tan amplio y heterogéneo basándose en sus efectos es tarea complicada, sobre todo porque, aunque solemos referirnos a una droga mencionando sus propiedades tranquilizantes o estimulantes, la realidad es que muchas de ellas se caracterizan, no por tranquilizar o estimular, sino por estabilizar el ánimo. Si el consumidor, antes de su administración, se sentía deprimido, la droga le lleva al equilibrio estimulándole; si por el contrario padece de ansiedad o nerviosismo, el mismo producto le equilibrará tranquilizándole.
Ese querer clasificar algo como estimulante o tranquilizante, como bueno o malo, como blanco o negro, es sólo una muestra más del maniqueísmo de nuestra cultura, y no es aplicable a la materia que nos ocupa, como tampoco a muchas situaciones de la vida cotidiana. La división tranquilizante/estimulante es artificial y responde a un intento de categorizar y atrapar estados neurológicos/psíquicos -vitales, en suma- mediante términos médicos o lingüísticos. La naturaleza, el mundo y la vida son más grandes que nuestros cerebros, los cuales son parte de aquéllos, y no al revés. La realidad estaba ahí mucho antes de que hubiera seres humanos en la Tierra, y el intento de aprehenderla y explicarla es algo comprensible y quizá necesario, pero una ilusión en el fondo, si bien es cierto que permite avanzar a la ciencia y al conocimiento en general.
Lo que en realidad existen son desequilibrios, que conllevan una serie muy amplia de síntomas, los cuales, aunque sean opuestos, son caras de la misma moneda y efectos que surgen de una misma causa. Lo mismo puede decirse de la sustancia que se toma para solucionar el mal: de lo que se trata es de estabilizar el ánimo, hacer que el paciente produzca la cantidad de neurotransmisores adecuada, regular sus funciones, y esa estabilización puede ser considerada -en términos médicos y lingüísticos- activación o apaciguamiento, dependiendo de los síntomas que se padecían. Por ejemplo, el hipérico deficílmente podrá catalogarse como tranquilizante o como estimulante: su efecto consiste en reducir la degradación de neurotransmisores. Si la persona que lo toma estaba deprimida, entonces con su uso se sentirá con más ánimo; si quien lo toma se encontraba ansioso, conseguirá tranquilizarse.

JUAN CARLOS RUIZ FRANCO, de la introducción al Vademécum de Drogas Inteligentes (del libro Drogas Inteligentes, ed. Paidotribo).

Jonathan Ott: Sobre el origen del término “enteógeno”

Enteógeno, (literalmente “divinidad dentro de uno”) se refiere a la percepción habitual entre los usuarios de enteógenos, en ningún modo considerada una alucinación, de que la divinidad se infunde en todos los seres, incluyendo a la planta enteogénica y su afortunado consumidor. La palabra deriva de una raíz utilizada por los antiguos griegos para describir estados semejantes de inspiración y embriaguez.

Read more »

La mescalina y el otro mundo

Las experiencias con mescalina del tipo clásico muestran algunas características muy marcadas. La más extraordinaria de esas características comunes es la experiencia de la luz. Hay una gran intensificación de la luz, lo que se experimenta tanto a ojos cerrados como con los ojos abiertos. La luz se manifiesta con una intensidad sobrenatural en todo lo que se ve con el ojo interior. Sucede lo mismo en el mundo externo.

(…)

Repito que las experiencias de los que han tomado un alucinógeno encontrándose en buenas condiciones de salud física y mental, y acaso con una adecuada preparación filosófica, parecen seguir un modelo bastante regular. Cuando los ojos están cerrados, la experiencia visionaria tiene su comienzo con la aparición de geometrías vivas, en movimiento dentro del campo visual.
Esas formas abstractas, tridimensionales, están intensamente iluminadas y brillantemente coloreadas. Pasado un tiempo tienden a asumir la apariencia de objetos concretos, como alfombras exquisitamente trabajadas, mosaicos o esculturas. A su vez esos objetos se modelan en construcciones ricas y elaboradas, en paisajes de extraordinaria belleza. Ni las construcciones ni los paisajes permanecen estáticos, sino que se modifican constantemente. En ninguna de sus metamorfosis se parecen a un edificio particular o a un paisaje concreto, que haya sido visto por el sujeto en su estado de consciencia ordinario y por lo tanto sea traído a la memoria desde un pasado próximo o lejano. Todas esas cosas son nuevas. El sujeto no las recuerda ni las inventa, las descubre más allá, en el equivalente psíquico de una región geográfica hasta ahora inexplorada.

ALDOUS HUXLEY, La mescalina y el otro mundo. Recopilado en el libro La experiencia del éxtasis 1955-1963, Pioneros del amanecer psiconáutico

Shulgin sobre los psicodélicos

I personally have chosen some drugs to be of sufficient value to be worth the risks; others, I deem no to be of sufficient value. For instance, I use a moderate amount of alcohol, generally in the form of wine, and -at the present time- my liver function tests are completely normal. I do not smoke tobacco. I used to, quite heavily, then gave it up. It was not the health risk that swayed me, but rather the fact that I had become completely dependent upon it. That was, in my view, a case of the price being unacceptably high.
Each such decision is my own, based on what I know of the drug and what I know about myself.
Among the drugs that are currently illegal, I have chosen not to use marijuana, as I feel the light-headed intoxication and benign alteration of consciousness does not adequately compensate for an uncomfortable feeling that I am wasting time.
I have tried heroin. This drug, of course, is one of the major concerns in our society, at the present time. In me, it produces a dreamy peacefulness, with no rough edges of worry, stress or concern. But there is also a loss of motivation, of alertness, and of the urge to get things done. It is not any fear of addiction that causes me to decide against heroin; it is the fact that, under its influence, nothing seems to be particularly importante to me.
I have also tried cocaine. This drug, particularly in its notorious “crack” form, is the cause celebre of today. To me, cocaine is an agressive pusher, a stimulant which gives me a sense of power and of being completely with it, on top of the world. But there is also the inescapable knowledge, underneath, that it is not true power, that I am not really on top of the world, and that, when the drug’s effects have dissapeared, I will have gained nothing. There is a strange sense of falseness about the state. There is no insight. There is no learning. In its own distinctive way, I find cocaine to be as much an escape drug as heroin. With either one, you escape from who you are, or -even more to the point- from who you are not. In either case, you are relieved for a short time from awareness of your inadequacies. I frankly would rather address mine than escape them; there is, ultimately, far greater satisfaction that way.
With the psychedelic drugs, I believe that, for me, the modest risks (an occasional difficult experience or perhaps some body malaise) are more than balanced by the potential for learning. And that is why I have chosen to explore this particular area of pharmacology.
What do I mean when I say there is a potential for learning? It is a potential, not a certainty. I can learn, but I’m not forced to do so; I can gain insight into possible ways of improving the quality of my life, but only my own efforts will bring about the desired changes.

(…)

This is one of the reasons I hold the psychedelic drugs to be treasures. They can provide access to the parts of us which have answers. They can, but again, they need not and probably will not, unless that is the purpose for which they are being used.
It is up to you to use these tools well, and in the right way. A psychedelic drug might be compared to television. It can be very revealing, very instructive, and -with thoughtful care in the selection of channels- the means by which extraordinary insights can be achieved. But to many people, psychedelic drugs are simply another for or entertaiment; nothing profound is looked for, thus -usually- nothing profound is experienced

De la introducción de PIHKAL (Phenethylamines I Have Known and Loved): A Chemical Love Story, de Alexander “Sasha” Shulgin.

Huxley: Mescalina, espacio y tiempo

[Aldous Huxley, en una sesión con 400mg de mescalina]

-¿Qué me dice de las relaciones espaciales? -indagó el investigador, mientras yo miraba los libros.

Era difícil la contestación. Verdad era que la perspectiva parecía rara y que se hubiera dicho que las paredes de la habitación no se encontraban ya en ángulos rectos. Pero esto no era lo importante. Lo verdaderamente importante era que las relaciones espaciales habían dejado de importar mucho y que mi mente estaba percibiendo el mundo en términos que no eran los de las categorías espaciales. En tiempos ordinarios, el ojo se dedica a problemas como ¿Dónde?, ¿A Qué distancia?, ¿Cuál es la situación respecto de tal o cual cosa? En la experiencia de la mescalina, las preguntas implícitas a las que el ojo responde son de otro orden. El lugar y la distancia dejan de tener mucho interés. La mente obtiene su percepción en función de la intensidad de existencia, de profundidad de significado, de relaciones dentro de un sistema. Veía los libros, pero no estaba interesado en las posiciones que ocupaban en el espacio. Lo que advertía, lo que se grababa en mi mente, era que todos ellos brillaban con una luz viva y que la gloria era en algunos de ellos más manifiesta que en otros. En relación con esto la posición y las tres dimensiones quedaban al margen. Ello no significaba, desde luego, la abolición de la categoría del espacio. Cuando me levanté y caminé, pude hacerlo con absoluta normalidad, sin equivocarme en cuanto al paradero de los objetos. El espacio seguía allí. Pero había perdido su predominio. La mente se interesaba primordialmente no en las medidas y las colocaciones, sino en el ser y el significado.
Y junto a la indiferencia por el espacio, había una indiferencia igualmente completa por el tiempo.
-Se diría que hay tiempo de sobra. -Era todo lo que contestaba cuando el investigador me pedía que le dijera lo que yo sentía acerca del tiempo.
Había mucho tiempo, pero no importaba saber exactamente cuánto. Hubiera podido, desde luego, recurrir a mi reloj, pero mi reloj, ya lo sabía, estaba en otro universo. Mi experiencia real había sido, y era todavía, la de una duración indefinida o, alternativamente, la de un perpetuo presente formado por un apocalípsis en continuo cambio.

De Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley