Este verano me ocurrió estar leyendo a la vez De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami y El libro Tibetano de la Vida y la Muerte de Sogyal Rinpoche. Se dio la casualidad de que al poco de leer el capítulo del libro Tibetano que habla sobre lo que los budistas llaman la verdadera naturaleza de la mente, leí el capítulo en el que Murakami cuenta su experiencia al correr su primera ultramaratón, de 100km. El parecido con una de las historias que cuenta Sogyal Rinpoche es asombroso:
En el siglo XIX, un gran maestro tenía un discípulo particularmente obtuso. El maestro le enseñaba una y otra vez, tratando de introducirlo a la naturaleza de su mente, sin resultado. Finalmente, un día se enfureció y le dijo:
Mira, quiero que lleves este saco de cebada hasta la cumbre de aquella montaña de allí. Pero no has de pararte a descansar. Sigue adelante sin detenerte hasta que llegues a la cima.
El discípulo era un hombre simple, pero profesaba a su maestro una devoción y una confianza inquebrantables, de modo que hizo exactamente lo que le había pedido. El saco pesaba mucho. Lo recogió y echó a andar cuesta arriba, sin atreverse a parar. Así anduvo y anduvo. Y el saco se volvía cada vez más pesado. Tardó mucho tiempo en llegar a la cima. Cuando por fin la alcanzó, soltó el saco y se tumbó en el suelo, vencido por el cansancio, pero profundamente relajado. Sintió en la cara el aire fresco de la montaña. Todas sus resistencias se habían disuelto y, con ellas, su mente ordinaria. Todo parecía haberse detenido. En ese preciso instante, realizó de repente la naturaleza de su mente.
SOGYAL RINPOCHE, El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte, pag 87.
Continué corriendo así, como podía, aguantando lo indecible, y, al llegar al kilómetro setenta y cinco, sentí como si hubiera atravesado algo. Esa sensación tuve. No se me ocurre una expresión más adecuada para describirla: atravesé algo. Era realmente como si mi cuerpo hubiera atravesado una pared de piedra y pasado al otro lado. No recuerdo el momento exacto en que ocurrió. Pero, cuando quise darme cuenta, ya estaba al otro lado. Me dije: «Ah, ya lo he atravesado», y, sin más, me convencí de ello. No comprendía las razones, ni el proceso, ni el método, pero estaba convencido de que había «atravesado algo».
A partir de ahí, ya no necesité pensar en nada. Para ser más preciso, ya no necesité hacer el esfuerzo consciente de «intentar no pensar en nada». Bastaba con abandonarme a esa corriente que había surgido, a esa fuerza que, del modo más natural del mundo, me impulsaba hacia delante.
Llevaba corriendo muchísimo tiempo, así que era imposible no sufrir físicamente. Pero, en esos momentos, el cansancio había dejado de ser un problema grave. Tal vez, en mi interior, la extenuación ya se había integrado en la -por llamarla de algún modo- «normalidad». Por su parte, esa asamblea revolucionaria de los músculos, que antes hervía, también parecía haberse resignado a la situación. Ya nadie golpeaba las mesas, nadie lanzaba los vasos. Sencillamente, habían aceptado en silencio la extenuación como una fatalidad, como un inevitable efecto de la revolución. Y yo me había transformado en una especie de autómata que no hacía más que mover regularmente los brazos adelante y atrás e impulsar las piernas para avanzar paso a paso. Sin pensar en nada. Sin creer nada. Sin apenas darme cuenta, incluso la sombra del sufrimiento físico se había desvanecido casi por completo. O bien, como sea, como ocurre con ese mueble horrible que, por la razón que sea, no podemos tirar, lo había arrinconado para situarlo fuera de mi vista.
De este modo, después de haber «atravesado» ese algo, adelanté a muchos corredores. A partir del puesto de control del kilómetro setenta y cinco (por el que había uqe pasar en menos de ocho horas y cuarenta y cinco minutos, so pena de ser descalificado), muchos corredores, al contrario de lo que entonces me sucedía a mí, comenzaban a disminuir deásticamente la velocidad debido al agotamiento, o incluso renunciaban a correr y empezaban a caminar. Creo que, desde allí hasta la entrada en meta, rebasé a unos doscientos. Yo, al menos, conté hasta doscientos. A mí me rebasaron uno o dos. Y con respecto a lo de contar a los corredores a los que adelantaba, lo hice porque no tenía otra cosa mejor que hacer. Después de sumirme en una profunda extenuación, y después de aceptarla, yo seguía corriendo con firmeza…, y eso era lo que más deseaba en este mundo, lo que deseaba por encima de todo.
Parecía que hubiera puesto el piloto automático, de modo que, si me hubieran dicho que continuara corriendo así más tiempo, creo que habría podido superar los cien kilómetros. Lo encontrarán extraño, pero, al final, prácticamente se habían borrado de mi mente no sólo el sufrimiento físico, sino incluso cosas como quién era yo o qué hacía en esos instantes. Sin duda era una sensación muy extraña, pero en esos momentos yo ya no era capaz siquiera de percibir hasta qué punto era extraña. El acto de correr se hallaba ya en um ámbito que rozaba casi lo metafísico. Primero estaba el acto de correr, y luego, como algo inherente a él, mi existencia. Corro, luego existo.
HARUKI MURAKAMI, De qué hablo cuando hablo de correr, pags 153-155.
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