Category Archives: Literatura

Gato encerrado

Cuando tenía cuatro años tuve una visión en Forest Park, Saint Louis. Mi hermano iba delante de mí con un fusil de caza. Yo me había quedado rezagado y vi un pequeño ciervo verde más o menos del tamaño de un gato. Con claridad y precisión a la luz del sol de última hora de la tarde como si lo estuviera viendo a través de un telescopio.
Más tarde, cuando estudié antropología en Harvard, aprendí que se trataba del avistamiento de un tótem animal y supe que nunca podría matar un ciervo. Más tarde aún, en el transcurso de unos experimentos filmicos con Anthony Balch en Londres, reconocí la extraña sustancia utilizada para la conservación de especímenes animales en la que flota el ciervo verde como sujeto de experimentación (en comparación) inmóvil proyectado a cámara lenta. Trucos de viejo fotógrafo.

WILLIAM BURROUGHS, Gato encerrado

Una vida sin principios (I)

(…)

Así de vacía e ineficaz es nuestra conversación cotidiana. Lo superficial lleva a lo superficial. Cuando nuestra vida deja de ser íntima y privada, la conversación degenera en simple cotilleo. Es difícil conocer a un hombre que te cuente una noticia que no haya aparecido en un periódico o que no se la haya contado su vecino y, la mayoría de las veces, la única diferencia entre nosotros y nuestro amigo es que él ha leído el periódico o salido a tomar el té, y nosotros no. En la misma medida que nuestra vida interior fracasa, vamos con más constancia y desesperación a la oficina de correos. Puedes estar seguro de que el pobre tipo que se aleja con el mayor número de cartas, orgulloso de su abultada correspondencia, no ha sabido nada de sí mismo desde hace tiempo.

(…)

Todo el verano e incluso el otoño, tal vez os hayáis olvidado inconscientemente del periódico y de las noticias, y ahora descubrís que era porque la mañana y la tarde estaban llenas de noticias. Vuestros paseos estaban llenos de incidentes. Os interesaban no los asuntos de Europa, sino los asuntos de los campos de Massachusetts. Si tenéis la suerte de existir, de vivir y moveros dentro de ese estrecho ámbito en el que se filtran los acontecimientos que constituyen las noticias -un ámbito más estrecho que la fibra de papel en el que se imprimen- entonces estas cosas llenarán vuestro mundo, pero si os eleváis por encima de ese plano u os sumergís muy por debajo de él, ya no las recordaréis más, ni ellas a vosotros. La realidad es que ver salir el sol cada día y verlo ponerse, participar de ese modo en el curso del universo os conservará sanos para siempre.

HENRY D. THOREAU, Una vida sin principios

Haruki Murakami y la verdadera naturaleza de la mente

Este verano me ocurrió estar leyendo a la vez De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami y El libro Tibetano de la Vida y la Muerte de Sogyal Rinpoche. Se dio la casualidad de que al poco de leer el capítulo del libro Tibetano que habla sobre lo que los budistas llaman la verdadera naturaleza de la mente, leí el capítulo en el que Murakami cuenta su experiencia al correr su primera ultramaratón, de 100km. El parecido con una de las historias que cuenta Sogyal Rinpoche es asombroso:

En el siglo XIX, un gran maestro tenía un discípulo particularmente obtuso. El maestro le enseñaba una y otra vez, tratando de introducirlo a la naturaleza de su mente, sin resultado. Finalmente, un día se enfureció y le dijo:
Mira, quiero que lleves este saco de cebada hasta la cumbre de aquella montaña de allí. Pero no has de pararte a descansar. Sigue adelante sin detenerte hasta que llegues a la cima.
El discípulo era un hombre simple, pero profesaba a su maestro una devoción y una confianza inquebrantables, de modo que hizo exactamente lo que le había pedido. El saco pesaba mucho. Lo recogió y echó a andar cuesta arriba, sin atreverse a parar. Así anduvo y anduvo. Y el saco se volvía cada vez más pesado. Tardó mucho tiempo en llegar a la cima. Cuando por fin la alcanzó, soltó el saco y se tumbó en el suelo, vencido por el cansancio, pero profundamente relajado. Sintió en la cara el aire fresco de la montaña. Todas sus resistencias se habían disuelto y, con ellas, su mente ordinaria. Todo parecía haberse detenido. En ese preciso instante, realizó de repente la naturaleza de su mente.

SOGYAL RINPOCHE, El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte, pag 87.

Continué corriendo así, como podía, aguantando lo indecible, y, al llegar al kilómetro setenta y cinco, sentí como si hubiera atravesado algo. Esa sensación tuve. No se me ocurre una expresión más adecuada para describirla: atravesé algo. Era realmente como si mi cuerpo hubiera atravesado una pared de piedra y pasado al otro lado. No recuerdo el momento exacto en que ocurrió. Pero, cuando quise darme cuenta, ya estaba al otro lado. Me dije: «Ah, ya lo he atravesado», y, sin más, me convencí de ello. No comprendía las razones, ni el proceso, ni el método, pero estaba convencido de que había «atravesado algo».
A partir de ahí, ya no necesité pensar en nada. Para ser más preciso, ya no necesité hacer el esfuerzo consciente de «intentar no pensar en nada». Bastaba con abandonarme a esa corriente que había surgido, a esa fuerza que, del modo más natural del mundo, me impulsaba hacia delante.
Llevaba corriendo muchísimo tiempo, así que era imposible no sufrir físicamente. Pero, en esos momentos, el cansancio había dejado de ser un problema grave. Tal vez, en mi interior, la extenuación ya se había integrado en la -por llamarla de algún modo- «normalidad». Por su parte, esa asamblea revolucionaria de los músculos, que antes hervía, también parecía haberse resignado a la situación. Ya nadie golpeaba las mesas, nadie lanzaba los vasos. Sencillamente, habían aceptado en silencio la extenuación como una fatalidad, como un inevitable efecto de la revolución. Y yo me había transformado en una especie de autómata que no hacía más que mover regularmente los brazos adelante y atrás e impulsar las piernas para avanzar paso a paso. Sin pensar en nada. Sin creer nada. Sin apenas darme cuenta, incluso la sombra del sufrimiento físico se había desvanecido casi por completo. O bien, como sea, como ocurre con ese mueble horrible que, por la razón que sea, no podemos tirar, lo había arrinconado para situarlo fuera de mi vista.
De este modo, después de haber «atravesado» ese algo, adelanté a muchos corredores. A partir del puesto de control del kilómetro setenta y cinco (por el que había uqe pasar en menos de ocho horas y cuarenta y cinco minutos, so pena de ser descalificado), muchos corredores, al contrario de lo que entonces me sucedía a mí, comenzaban a disminuir deásticamente la velocidad debido al agotamiento, o incluso renunciaban a correr y empezaban a caminar. Creo que, desde allí hasta la entrada en meta, rebasé a unos doscientos. Yo, al menos, conté hasta doscientos. A mí me rebasaron uno o dos. Y con respecto a lo de contar a los corredores a los que adelantaba, lo hice porque no tenía otra cosa mejor que hacer. Después de sumirme en una profunda extenuación, y después de aceptarla, yo seguía corriendo con firmeza…, y eso era lo que más deseaba en este mundo, lo que deseaba por encima de todo.
Parecía que hubiera puesto el piloto automático, de modo que, si me hubieran dicho que continuara corriendo así más tiempo, creo que habría podido superar los cien kilómetros. Lo encontrarán extraño, pero, al final, prácticamente se habían borrado de mi mente no sólo el sufrimiento físico, sino incluso cosas como quién era yo o qué hacía en esos instantes. Sin duda era una sensación muy extraña, pero en esos momentos yo ya no era capaz siquiera de percibir hasta qué punto era extraña. El acto de correr se hallaba ya en um ámbito que rozaba casi lo metafísico. Primero estaba el acto de correr, y luego, como algo inherente a él, mi existencia. Corro, luego existo.

HARUKI MURAKAMI, De qué hablo cuando hablo de correr, pags 153-155.

Traficar con hierba

En la práctica, traficar con hierba sólo trae quebraderos de cabeza. Para empezar, ocupa mucho sitio. Se necesita una maleta llena para conseguir algo de dinero. Si la pasma llama a la puerta, es lo mismo que tener una bala de alfalfa.
Los fumetas no son como los yonquis. Un yonqui suelta el dinero, coge la droga y se las pira. Pero los fumetas no. Esperan que el camello los invite a unos canutos y a sentarse para charlar un rato. Y tienes que aguantar todo eso para vender dos dólares. Si vas directamente al grano, dicen que los deprimes porque haces que se sientan miserables. De hecho, un tipo que trapichea con hierba nunca debe reconocer que lo hace por negocio. No, él sólo facilita un poco de hierba a algunos amigos y amigas, una travesura. Todo el mundo sabe que es un camello, pero está mal decirlo. Dios sabe por qué. A mi juicio, los fumetas son inescrutables.

(…)

Los fumetas son gregarios, sensibles y paranoicos. Si consideran que haces que se sientan miserables, no lograrás hacer negocios con ellos. Pronto me di cuenta de que no podía trtatar con gente así y me alegré de encontrar a un tipo que me compró toda la hierba que me quedaba a precio de coste. A partir de entonces decidí no traficar nunca más con ella.

Yonqui, de William Burroughs